En varias escuelas católicas existe una materia que se llama “proyecto de vida”. Cuando tomé conocimiento me intrigó que conocimientos pudieran darse allí. Pero en los programas escolares consultados encontré fundamentalmente una integración de orientación vocacional, religiosa y laboral.
Reflexionando en los contenidos percibí la magnitud de sus palabras. Cuando hablamos tan ligeramente de la orientación vocacional, no comprendemos que en realidad hablamos de forjar un “proyecto de vida”. Elegir una carrera por vocación determina una serie de eventos futuros, de encuentros, de saberes, de conocimientos, de elecciones. Determina un camino a seguir, en el cual necesitaremos diversos recursos, estrategias, relaciones sociales, etc., para llegar a la meta.
Proyectar la propia vida requiere una fuerte dosis de autoconocimiento, saber quien soy para descubrir quien quiero ser; saber de donde provengo (mis mandatos, esquemas, mi físico, mi cultura) para conocer a donde quiero ir. Ello permite construirme a mismo y por lo tanto generar mi propio destino.
Hablar de proyecto sugiere una flexibilidad en su concreción, en alcanzar el objetivo; ya que no es determinante. Por el contrario, un proyecto se adapta con creatividad e imaginación a las circunstancias siempre y cuando la mente de quien lo gestó así lo permita.
Proyectar nuestra vida requiere por lo tanto un amplio conocimiento de mis orígenes, para planificar un final, con un pie en el mundo concreto y otro en la imaginación, pero con la capacidad de adaptarme a las nuevas situaciones imprevistas.
